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Virginia Woolf, 1927

Todos fuimos Manx: el derrame según Virginia Woolf

Cierro el libro A Room of One’s Own y me quedo pensando. No en lo que leí, sino en Virginia. En esa mujer que tuvo la valentía de denunciar que una mujer que quisiera escribir ficción debía tener dinero y una habitación propia. Y que sintió, con una lucidez que le partió el ser de dolor, que no habría muchas capaces de hacerlo. Al menos no en su época.

Esa escritora, creo, podría reflejarse en una palabra: derrame. O mejor: spill over. No es un desborde, porque implicaría una frontera. No es un desmán, porque implicaría un desorden. Es un derrame: un exceso contenido socialmente. Un exceso de símbolos, de gestos, de lealtad consigo misma y con su destino.

Me pregunto si los fantasmas que rondaban su mente, esos de los que dejó pequeñas pistas en el libro, lost in thought, set up such a wash and tumult of ideas that it is impossible to sit still, no acudirían a ella atraídos por su luz. Me pregunto cuánto había de búsqueda valiente de autenticidad en su mirada literaria sobre los límites sociales de su época. O cuánto había de reconocimiento, casi especular, en la figura del gato Manx: a cat without a tail. Un gato que, como FoucaulTito hoy, if it too questioned the universe, something seemed lacking, something seemed different.

Y añado, casi como al pasar, hojeando nuevamente ese libro: creo que todos fuimos una vez Manx. Mutilados, sin cola, pero inquietos. Felinos, sí, pero en una encrucijada.

Entre gatos sin cola y luncheon parties en plena Primera Guerra Mundial, se esconde una necesidad mayor: dejar constancia. Y dejar constancia implica aparecer, incluso a pesar de la lucha con una mente que se derrama, se desmiembra y no logra sostenerse del todo. Esa es la condición de un legado que, décadas después, podrá devolverle la cola a Manx… y la calma suficiente para, por fin, dedicarse a dormitar entre cavilaciones.

Cuánta carencia. Cuánta falta de reconocimiento de la potencia de las mitades. Cuántos años perdidos, de los que dio cuenta Virginia, aunque esa cuenta quizás le haya costado la vida.

Y ese derrame que me devora sin derrumbarme es testimonio del privilegio de conocer, de re-conocer que la potencia siempre está ahí… aunque cueste acostumbrar la mirada para percibirla.

Creo que Virginia me estuvo esperando todo este tiempo. Desde aquella Primera Guerra Mundial hasta mis propias batallas perdidas. Demasiado tiempo, diría. Me esperó hasta que pudiera leer sus textos sin abrumarme. Hasta que pudiera atravesar la niebla sin miedo, pero con dirección. Hasta que pudiera comprenderla como si hablara con una amiga mayor.

Virginia siempre estuvo ahí, en su propio cuarto.
Y yo, sigilosamente, recién ahora me animo a abrir la puerta.

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