
Tiago había iniciado su carrera como jugador de fútbol bajo la sombra del legado de su padre. Eso podría ser considerado una ventaja, ya que el deporte no tenía secretos para él desde su infancia, pero también una desventaja, porque la comparación entre su carrera y la de su padre siempre estaba presente.
Nadie sabe bien la razón por la que Tiago ingresó a la selección argentina. Era una selección marcada por el exceso de edad de sus grandes ídolos y necesitada de un recambio generacional. Frente al llamado del honor, Tiago dijo, humildemente, presente.
En su primer mundial, Tiago no tuvo mucha presencia. El técnico confiaba en los experimentados jugadores más que en los nuevos talentos. En realidad, nadie sabía bien si Tiago podría ser considerado un talento, o si el talento era de su padre, cuya reminiscencia en el rostro de Tiago jugó un rol preponderante para su convocatoria.
Lo cierto es que resultaba difícil explicar cómo la selección había llegado a la final de la Copa del Mundo. Para disminuir la incertidumbre, se intentaron innumerables hipótesis, algunas francamente descabelladas tales como la intervención de ligas masónicas, intereses económicos, la corrupción siempre omnipresente e incluso la existencia de una tal corporación de brujas en el país que congelaban a los rivales con absoluta maestría. En realidad, viendo esa final, uno tenía la extraña sensación de que ni siquiera los jugadores sabían por qué habían llegado a esa instancia. Sospecho que la probabilidad fue la gran culpable. Pero aún debería pulir mis pensamientos.
Fueron 90 minutos de sufrimiento para los hinchas de ambos países. Los experimentados jugadores trataban de hacer lo posible con las sobras de rendimiento físico, después de un mes apostando más a la improvisación que al mérito.
“Tiago es el único que puede correr” -decían los comentaristas, rezándole oraciones al técnico para que introdujera la última esperanza del equipo al campo de juego: la corrida. Ya no importaba la falta de explicación de la permanencia de Tiago en la selección ni su rostro calcado al de su padre: el único mérito que importaba lo tenía en sus piernas.
Y Tiago cumplió. Corrió y corrió. Por primera vez salió de las sombras reminiscentes de su padre e instaló su nombre en el juego: Tiago, la última esperanza. Tiago, el que entró al final del segundo tiempo con la promesa de abrir el marcador.
Sin embargo, Tiago cuanto más corría, más se equivocaba. Cuanto mayor era la esperanza, mayor la decepción. Y como si fuera una ley de Murphy deportiva, Tiago quiso pasar la pelota a su compañero. Se equivocó. Contraataque del equipo contrario. Gol. Abierto el marcador, cerrado el juego.
Tiago, el que había vivido y jugado a la sombra de su padre, dibuja en su rostro la decepción. Daba igual la arenga del técnico y del capitán. Daba igual el perdón de la hinchada: Tiago había sellado el resultado desfavorable.
La realidad es una carcajada del azar. Nadie esperaba lo inesperado: Tiago se equivocó y ese error lo liberó de la sombra de su padre. Tiago, el culpable del gol que llevó al rival al triunfo, por fin era recordado por sus propios méritos.
Debo conceder que la probabilidad llega siempre tarde a marcar al azar. Aunque antes de hacerlo, nobleza obliga, debo pulir mis pensamientos.
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