
Mi vecino es escritor. Eso lo saben todos. Además, es conocido mundialmente. Porque las cosas que hace, las hace bien.
Debo decir también que mi vecino es generoso. Detrás de esa pared que nos separa, hay alguien profundamente abrumado por las ausencias, que se interesa genuinamente por los demás. Incluso por aquellos que, como yo, tienen más intereses que acciones. O quizás, aquellos cuyas acciones nunca logran alcanzar sus intereses.
Sin embargo, hay cosas que no se saben y que pasaré a narrar para evitar que caigan en el saco roto del olvido. Además de compartir el piso, mi vecino y yo hemos hecho algo más raro: hemos traído el arte a este edificio. Él, un arte establecido, internacional, que mixtura escritura con música. Yo, un arte balbuceante, invisible por momentos, que todavía se busca a sí mismo, aunque sin juzgarse tan duramente como en el pasado. Y sospecho que eso se lo debo a mi vecino.
Si hay una cosa que la edad me ha dado son grandes dosis de fastidio. Desde hace algún tiempo he perdido la paciencia. Con instituciones, con personas e incluso, con un tipo de textos que no sé bien cómo llamar.
Comienzan diciendo algo como “el gato está sobre la mesa”. Y lo siguen haciendo, linealmente, hasta el final. Oraciones que son una especie de combinaciones entre lugares comunes, evidencias empíricas y lenguaje concreto.
No podrían caer bajo el rótulo de investigación científica, porque, al menos para Popper, esta implica construir una hipótesis y arriesgarla a ser refutada. Y también, por supuesto, creatividad.
Pero tampoco podrían ser calificadas como literatura, porque el lector queda invisibilizado. ¿Qué rol puede tener un lector que solamente es convocado para darle la razón al autor? Más que hablar de la muerte del autor como Barthes alguna vez lo hizo, estamos ante la muerte del pensamiento crítico del lector, motivado por un autor que solamente quiere… que lo escuchen.
Entonces este tipo de textos caen en el dilema shakesperiano de ser o no ser. Y quizás, contradiciendo el principio del tercero excluido, deberíamos añadir una tercera categoría: no es y no-no es. Vive o muere, como el gato de Schrödinger. Poco importa, en realidad.
Es lo que yo llamo la “literatura límbica”. Vive en el limbo entre el existir en la materialidad, pero no existir en el riesgo. Es un tipo de texto que prefiere no seguir el refrán “el que no arriesga no gana” porque el riesgo es considerado un lujo. Y la única conclusión que se puede sacar después de leerlos es: nuevamente, no se ha encontrado el cisne negro de Popper.
Por suerte, mi vecino no me fastidia. Imagínense qué condena sería vivir, pared de por medio, con un tibio. Esa no es la condena que me ha tocado. En realidad, mi vecino me ha enseñado que hay otro tipo de textos que, luego de leerlos de su pluma, he calificado como la “literatura sanguínea”. Porque, como esa frase atribuida a Nietzsche, me hace pensar que “lo que se escribe con sangre entra”. Es una literatura- experiencia. Que sangra, que siente, que espera. Que se expone. Que se desgarra como el corazón de un guerrero ofrecido a la divinidad. Que no busca convencer al lector sino provocarlo. Que sienta, que se humanice. Que se anime a perderse entre sus emociones mientras observa cómo un cuerpo se extiende en el texto. Ese tipo de literatura, a veces, está tan ausente que, cuando la podemos avizorar en la primera página, el mundo parece un poco mejor. Porque nos recuerda un poco nuestra vida.
Sospecho que hay un tercer tipo de literatura, la que he denominado “literatura valiente”. Aquella que provoca, que se arriesga, que crea mecanismos inusitados para entender de qué va todo este mundo. Aquella que honra el tiempo que demanda, tanto para el lector como para el escritor. Dios la libre de decir que el gato está sobre la mesa. Es aquella que insinúa que el gato en algún lugar está. O que plantea que es posible que exista un gato. O quizás que es imposible. Pero que invita al lector a ir tirando del hilo para descubrirlo juntos. O no. Quizás el lector gire audazmente sobre otro eje. Y el autor lo acompañe con una sonrisa porque ha construido algo que no existía anteriormente: la interpretación de un Otro que no tiene por qué ser el asentimiento del punto de partida. Este tipo de literatura, la valiente, la que arriesga, la que no tiene temor de encontrar el cisne negro, es la que va constituyendo un entramado entre el autor y el lector. Y, a veces, el autor se ausenta. Quizás no muere, sólo se aleja. Con alegría, su labor la ha cumplido en lejanía.
«Cuando tengas algo, avisame» -me dijo mi vecino cuando volvía del mercado, donde había ido a comprar pan. Lo que no sabía mi vecino es que esa simple frase lo iba a tornar protagonista. Y que, pared de por medio, a pesar de haber escrito una Enciclopedia, todavía estoy pensando si existe un gato o si el lector estaría dispuesto a encontrarlo conmigo. Literatura cobarde, le dicen. La que no escribe.
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