
Los domingos de silencio me permiten habitar el mundo
Dicen que, para algunos, los domingos son los días más tristes de la semana. Porque el silencio enfatiza la expectativa: los deberes, las rutinas, el rendimiento. Cuando todo está volcado hacia afuera, la historia se contrae. Los cuerpos quedan atrapados en expectativas, normas, formas de estar en el mundo que se han cristalizado. Pero si suspendemos la urgencia y aceptamos la invitación de ir hacia adentro, el camino se abre. Aparecen, una y otra vez, múltiples posibilidades. Lo que no fue, lo que puede ser. Y la potencia.
Escribo porque no puedo no escribir. Escribo para habitar esa potencia. Porque, incluso en este domingo sin palabras, la invitación está ahí.
O escribo y habito el mundo o me conformo con ser habitada por él.
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