La ética culinaria y el espíritu del canibalismo (navideño)- Parte 2
Me puse la bufanda que la humana me tejió cuando descansaba de la redacción de su tesis y me subí a la Raptor con Danny. Abrí la ventanilla y saqué la cabeza para respirar el aire frío, que combinaba a la perfección con la libertad de mi iluminación. Una de las ventajas de viajar con este ente es que puedo sentirme seguro y, a la vez, sorprendentemente contento. Mientras evaluaba el paisaje, porque mis estudios de Sun Tzu me habilitan a ello, reparé en un detalle que me dio una inesperada sensación de invulnerabilidad: estaba viajando con un piloto profesional… y yo aún conservaba mis siete vidas intactas. Era evidente que esa combinación: humano con reflejos de Fórmula 1 + gato inmortal + maestro espiritual superior, constituía una fuerza prácticamente inexpugnable. Ni la policía local, ni los bexhillianos que nos persiguen por la fama de Danny, ni las fuerzas del orden moral podían contra nosotros. Sonaba GJDJ en bexhillradio dot com, con unos villancicos antiguos que me recordaron cuánto había soñado con vivir en este lugar. Escuchaba atento a ese hombre que, además de ser mi amigo, es un enviado cósmico disfrazado de Papá Noel con auriculares de estética dudosa. Es uno de los pocos humanos que respeto. No porque su programa sea brillante (su voz entrecortada suena como si hubiera sobrevivido a tres guerras, dos fiestas patronales y un dial mal sintonizado), sino porque esa fragilidad sonora trae un orden estelar que ni el grandioso Max Weber pudo explicar: une a la familia, a los amigos y a los oyentes en una misma cadena imperceptible de la industria cultural. La Navidad como dispositivo afectivo radial. Mientras él decía “Merry Christmas to all my family, friends and listeners”, yo, Miauchel FoucaulTito, sentí por un instante que me transformaba en un ser superior emocionado por las fiestas. La sensación me duró exactamente un segundo. Claramente, porque soy el único que entiende la dimensión filosófica del asunto. Y fue en ese instante cuando tuve un insight, inspirado, supongo, por los grandes maestros de mi linaje: la Navidad no es una celebración inocente, familiar, “paz y amor”. En realidad, es una actualización moderna, legitimada y decorada del canibalismo capitalista. Mientras Danny conducía como si tuviera el alma en las manos, miré su sweater y comencé a hilar argumentos como John Nash delante de una pizarra invisible. No fue nada difícil identificar el canibalismo emocional, económico y moral escondido entre el pan dulce importado y los regalos de compromiso. Y así pude comprender algo que ni el mismísimo Weber logró. Claro, a él no le tocó vivir con un piloto retirado, una humana que flashea filosofía, y un ratel con acidez después de devorarse tres colmenas. Queridos y detestables humanos, es hora de que lean la verdad. Yo ya la sé por inspiración de mis maestros, y ahora la dono desinteresadamente para que despierten. Palabras del Maestro FoucaulTito:En Navidad, cada uno de ustedes devora algo:
- la paz mental, que termina en el piso entre decisiones, compromisos y mesas impostadas;
- el sueldo y, en algunos casos, el aguinaldo;
- las expectativas ajenas, las miradas incómodas y las palabras que se censuran para encajar;
- la culpa de querer estar en otro lugar o de no poder estar en el deseado;
- la familia, que no siempre es un refugio sino un campo de batalla emocional;
- y finalmente, se devoran a sí mismos: su deseo, su voz, su subjetividad, para aparecer bien en la foto cálida que suben a las redes para ostentar lo que no son.
Mientras Danny cantaba “Smooth Operator”, cortesía de mi amigo GJDJ, pensé fugazmente en Carlos Sainz y sus etiquetas. Fue inevitable para mí comenzar una breve meditación observando el nefasto sweater y, en ese momento, otro insight me atravesó: ese atuendo era el uniforme suave y feliz del caníbal posmoderno alegre, aquel que se presta a la maquinaria del exceso sin leer la letra chica.
Danny me levantó como a Simba en El Rey León, y recordé que el abrazo de mi estúpida humana es irremplazable. Ella hiberna para no participar del canibalismo. Aunque no lo diga, yo lo sé. Y, a decir verdad, desde que apareció este australiano está más despierta que antes. No logro descifrar del todo el brillo en sus ojos.
Entre pavos y dulces, mientras Danny estaba más perdido que después del Gran Premio de Singapur 2024, detecté la verdad definitiva que rondaba mi cabeza fit y zen:
El espíritu de la Navidad no es el amor, ni la paz, ni el perdón: es el canibalismo consentido.
La buena noticia es que en nuestra casa existe otro tipo de canibalismo y, en gran parte es por mí, modestia aparte:
- Danny devora las tristezas ajenas sin darse cuenta;
- mi humana devoró sus miedos e inseguridades;
- Rafael… bueno, devora lo que encuentra;
- y yo devoro el cinismo para no convertirme en un gato nihilista.
Y en un mundo dispuesto a devorarte sin anestesia, el verdadero milagro de Navidad es tener un lugar donde uno pueda dejarse comer un poquito… y aun así recuperar la alegría que creía perdida.
Palabra de Miauchel FoucaulTito, el evangelista, en el año 41 d.F. (después de Foucault)
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