La ética culinaria y el espíritu del canibalismo (navideño)- Parte 1
La mañana de Nochebuena me desperté a las 05:30, porque hace unos años sigo la obra de Robin Sharma, quien escribió El monje que vendió su Ferrari, y decidí aplicar sus herramientas para tener una vida más holgada. Hice mi meditación matinal de media hora y fui a la cinta de caminar. Sabía que la cena iba a ser una prueba viviente de la opulencia capitalista, por lo que debía preparar mi cuerpo para alojar la mayor cantidad de comida posible… y así no someterme a las preguntas incómodas de la mesa: “Tito, ¿por qué no comés? ¿Qué te pasa? ¿No te gusta? ¿Te duele la panza?” Dado que bufar ante cada pregunta me insume más energía que comer copiosamente, este año, luego de reflexionar con mi colega el lama, decidí aplicar el plan B: preparar el cuerpo como si fuera a correr una maratón gastronómica neoliberal. Rafael dormía frente a la chimenea, luego de haberse dado una panzada de miel en la casa de Unparked Joe, el estigmatizado bexhilliano conocido por estacionar mal de manera omnisciente (en todo momento y en todo lugar) y también por las colmenas que dona cuando Rafael tiene antojos y nostalgia de su anterior hogar. Cuando lo vi ahí, durmiendo con una sonrisa amplia y el hocico picado por abejas, dije para mis adentros: “He perdido a un aliado liminar para sobrevivir este día.” Y a renglón seguido, chasqueando la lengua, dije: “Qué me importa.” Estaba preparando mis suplementos diarios junto a mi tazón de avena, porque como ustedes saben, soy un maestro zen pero no boludo, y escucho el alboroto que hace Danny al levantarse. Cuando atraviesa la puerta, tuve que tomar una difícil decisión: no sabía si reírme en su cara por su atuendo navideño o llorar por el cringe que me provocó. Tenía un sweater extra-large verde con los tradicionales venados y el Papá Noel más fofo y tonto que he visto en todas mis reencarnaciones. Lo combinó con un gorrito rojo de terciopelo y un pantalón que parecía sacado del museo de Bexhill de 1920, y exhibía su sonrisa como quien exhibe un cuarto título mundial de Fórmula 1, como mi ídolo Max Verstappen. (Sí, ya sé que soy un maestro zen, pero Verstappen es filosofía pura. Punto.) La humana seguía roncando como Rafael. Desde que comenzó el receso navideño, se ha retirado a hibernar: se acuesta un día y despierta en otro continente emocional. Únicamente Danny tiene el privilegio de despertarla y honestamente no quiero saber por qué razones. El humano ese trae una energía sospechosamente dulce, como si fuera un golden retriever bendecido por los dioses. Y yo, aunque no gozo de ese permiso, sigo desde el primer día aplastándole el estómago y subiéndome a su cabeza por una razón humanitaria: verificar que la estúpida sigue viva y evaluar si puedo confiar en este tal Danny para cuidarla. Porque una cosa es que me ría de su sweater. Otra es entregar mi humana al azar del universo. A mí me corresponde velar por su integridad, aunque ella crea que soy sólo un gato con inclinaciones filosóficas y nunca reconoció que soy la reencarnación de Foucault: Miauchel FoucaulTito, y no solamente “Tito”, como ella me llama. Mientras estaba calculando cuál debía ser la extensión del salto desde el piso a la cama, aplicando el teorema de Pitágoras, porque además de zen hice estudios de matemática en mi reencarnación en la Antigua Grecia; el arbolito de Navidad humano Danny me ganó de mano y la despertó con un tremendo beso. Yo temí que la tragara entera. La duda me duró un microsegundo, porque acto seguido escuché una carcajada cuando la estúpida bienintencionada vio su outfit navideño. Se rieron juntos como si acabaran de entender la lógica proposicional sin sufrir. En ese momento pensaba en cómo el capitalismo, ese pulpo con demasiados tentáculos, algunos colados imperceptiblemente en la mente, otros de manera exponencialmente perceptible en el sweater de Danny, pasó del ahorro frugal para la inversión, como dijo el grandioso Max Weber, a la exuberante opulencia de las fiestas culturales.Un capitalismo aliado con la religión y la industria del consumo.
Danny, por su parte, se había vestido como si fuera un elfo del capitalismo global, alineándose con la industria cultural del exceso. Me temo que jamás se dará cuenta. O lo que es peor: que no le importe.
A pesar de ser el integrante del hogar más famoso en Bexhill, Danny decidió ir a hacer las compras para la cena. Y lo que temía, se hizo palabra:
- “Hey mate, do you want to come with me? It will be fun!”,
me dijo abriendo los brazos como si fuera el Papa dando la bendición Urbi et Orbi.
Y yo, como buen sociólogo honorario y maestro zen, acepté el convite con cierto desagrado por la compañía, pero no perdería ocasión de observar las dinámicas de poder mientras los inocentes humanos creen que todo es paz y amor.
Palabra de Miauchel FoucaulTito, el evangelista, en el año 41 d.F. (después de Foucault)
El Maestro aún no ha dicho su última palabra. Continuará…
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