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Fuga de cerebros: cuando la institución fabrica su propia muerte intelectual

La inteligencia que estamos dejando morir en la universidad

Principios de mes: cobramos. Y al mismo tiempo confirmamos lo que ya sabíamos: no alcanza. No por mala administración personal, sino por diseño institucional. Miles de horas de formación, dedicación y sostén chocan contra la realidad de un sistema académico que, en nombre de la burocracia, expulsa a quienes no demuestran docilidad.

En la universidad hemos leído la teoría de Marx, la de Bourdieu, la de Foucault. El proletariado, el homo academicus y su «sálvese quien pueda». El panóptico que todo lo ve y todo lo norma. Y, al normarlo, lo uniforma. Esa teoría, muchas veces repasada en los pasillos, se hace carne cada vez que el mundo académico nos mantiene cautivos. Todo eso que parecía teoría se vuelve dispositivo cuando el sistema nos recuerda que la vocación nunca paga la cuenta. Detrás de la zanahoria del «desarrollo de la ciencia», vamos los que aún creíamos en la posibilidad de aportar… hasta que apostar por nosotros mismos nos hace desistir de seguir insistiendo.

La crisis no es sólo económica. La crisis es cultural. Mientras se siga prefiriendo la burocracia antes que el conocimiento, el mercado antes que la formación integral, es muy difícil mantener a los mejores cerebros en la universidad.

Y ese es un terreno fértil para los profetas tecnopesimistas que encuentran en la Inteligencia Artificial el saco en donde descargar que «los alumnos ya no aprenden», que «los alumnos ya no leen». Ahora bien, si los alumnos aprenden por el ejemplo, ¿cómo pretendemos que los estudiantes amen el conocimiento si quienes deben encender esa chispa trabajan en condiciones que la apagan? ¿Qué es lo que queda en la universidad cuando los cerebros son expulsados y lo que predomina es una evaluación aprobada aunque con perfecta redacción, figuras estilísticas y respuestas generales que no auguran nada bueno para el futuro ejercicio profesional?

En vez de solamente mirar la amenaza de la Inteligencia Artificial, pongamos la mirada en lo que nosotros, como humanos, estamos haciendo a los encargados de la formación de los futuros profesionales. Antes de temerle a la Inteligencia Artificial, revisemos qué clase de inteligencia estamos dejando morir dentro de las universidades. La fuga de cerebros es una decisión institucional. Y mientras no se nombre, seguirá ocurriendo en silencio.

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