
Filosofía como bandera… en Bexhill
La Filosofía no da de comer. Pero no sólo de pan vive el hombre.
¿Cuándo fue que, por primera vez me di cuenta que la Filosofía era tan relevante para la buena vida? Recuerdo que en el primer año de la carrera de Relaciones Internacionales hicimos un seminario acerca de la justificación ética de las intervenciones humanitarias. A partir de allí, mi destino estaba sellado: si quería comprender el mundo, debería verlo desde un punto de vista estructural y sistémico. Y si quería aspirar a lograr esa buena vida defendida por los griegos, el camino era la Filosofía.
Existe un prejuicio habitual: se piensa que la Filosofía es un lujo intelectual, una práctica reservada a quienes tienen tiempo libre o un título universitario. Pero, como la reciente divulgación del estoicismo ha vuelto evidente, en Grecia la Filosofía solo tenía sentido si se aplicaba a la vida cotidiana: a la relación con uno mismo, con el otro y con el mundo.
No es un conocimiento erudito ni una excentricidad académica, sino que es una práctica viva, una bandera que se alza cada vez que necesitamos comprender una situación para transformarla.
A lo largo del tiempo estudié Filosofía en la universidad y también por fuera de ella. Siempre que necesité respuestas y, sobre todo, cuando necesité preguntas, la Filosofía fue un refugio. Me dio marcos para pensar la realidad y, más profundamente aún, para pensar mis propias potencias.
En un momento histórico atravesado por la idea de que la Inteligencia Artificial podría superar a la inteligencia humana, la Filosofía recuerda algo fundamental: aunque el lenguaje pueda ser compartido con las máquinas, la capacidad de auto-reflexión es irreductiblemente humana. La inquietud filosófica, esa que brota del asombro, la duda, el límite y el error, pertenece al territorio de lo vivo. Porque humano es el error, humana es la duda.
La buena vida se piensa, se trabaja y se vivde. Y la Filosofía es el estandarte que nos permite imaginarla, sostenerla y encarnarla.
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