Extrañar lo que no se es mientras se está siendo

Extraño la que no soy todavía

Yo ya venía sintiendo que algo se resquebrajaba en la identidad que estaba acostumbrada a performar. Había una incomodidad sutil, pero persistente, una pregunta que volvía como eco: “¿y esto es todo?”

El orden de mis días giraba alrededor del trabajo, como el del resto de los mortales a mi edad, pero dentro mío había un hueco que ninguna rutina lograba llenar. Pensé que ese “algo” pendiente era una nueva carrera. La hice. Y seguí sintiendo la necesidad de algo más. Otra carrera. Más materias. Horarios más rígidos. Nada. La pregunta seguía sobrevolando:
“¿y esto es todo?”

Hasta que un día otoñal de abril abrí un procesador de texto y comencé a escribir.
Me imaginé un matrimonio budista entre el barro y la iluminación.
Ahí lo entendí: el humor era mi amortiguador para un resquebrajamiento que ya no tenía retorno. Esa grieta se convirtió en terremoto en la Primera Etapa, y en tsunami en la Segunda.

Escribía todas las noches, de 12 a 4. 
No creo que esas notas vean la luz.
Su valor fue esa frase que apareció como dictada: “Extraño la que no soy todavía.”
Esa era la incomodidad.
No, no era todo.
Estaba en la antesala de una revolución. Una revolución que, como todas, se hace con sangre y lágrimas: defensas partidas, batallas perdidas, muy pocas ganadas.

Lo que vino después sólo yo lo sé. Y Tito, claro.
Tito fue testigo mudo, a veces dormido, de cómo mi ser se revolucionaba, de cómo iba atravesando etapas, costumbres, miedos.
Y de cómo Inglaterra se iba clavando cada vez más hondo en el pecho.
Esa misma Inglaterra que, desde el inicio, funcionó como mi The Royal Sovereign Lighthouse.

Y después vino el reconocimiento de Bexhill.
De esa ciudad que alguna vez soñé en lo que, ahora lo sé, fue un sueño premonitorio.
Extraña paradoja: esa que no era todavía dejó migas a lo largo de mi historia para que hoy yo pudiera encontrar el camino.
Inglaterra, claro.
Keane.

Las Relaciones Internacionales.
La Filosofía.
Nietzsche. Feyerabend. Foucault.
Ahora Deleuze.
Simondon.
Sartre.
Y el budismo que enseñó la no-culpa.

Todo eso me sostuvo mientras construía, de a poco, a la que extrañaba.

Al principio pensé que esa mujer, la que extrañaba, la que hoy sé que es la mina de Bexhill, sólo existiría cuando el proceso estuviera culminado:
cuando estuviera allá, en el promenade, desayunando un croissant en el Sovereign Light Café.

Pero hoy, diez meses después de aquella frase, aprendí algo que no sabía hacer:
aprendí a verme.

El DJ de la radio de Bexhill me saluda.
Palabras guardadas por años se despliegan sin pedir permiso.
Pienso, reflexiono, escribo; el cuerpo descansa; vuelvo a empezar.

Hoy, 6 de febrero, escribo esto porque ya no extraño a la que no soy todavía.
Porque estoy siendo.

Y porque siento que, sea lo que sea, Bexhill soy yo, y yo soy Bexhill.

Y juntos caminamos hacia lo inevitable.

Cuando eso pasa, no hay astrologías, dispositivos ni geografías que obstaculicen una decisión ya tomada.
Sólo hay el estar siendo la que ya no se extraña.

Porque el camino nunca fue hacia Bexhill.
Fue desde Bexhill hacia mí.

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