🕯️Especial de Navidad — Evangelio según FoucaulTito (Capítulo Apócrifo I)
Corría el año 41 después de Foucault, y a finales de diciembre sería la primera Navidad que tendría la desgracia de compartir con el tal Danny. Ya era bastante trabajo convivir con la intensidad de la estúpida bienintencionada humana; aunque no podría decir lo mismo de Rafael el Ratel, un viejo amigo con quien, luego de la cena, saldríamos a buscar algunos abrazos para paliar el peso inútil de la existencia. La querella que narraré se desató días antes. Estaba yo en la sala, mirando mi meditación diaria por YouTube, cuando escuché la voz del Danny diciendo:“My love, how are we going to eat on Christmas?”
Y la humana, budista como es, abrió la boca y puso esa cara de estúpida que le sale naturalmente cuando no tiene ni puta idea de lo que le están hablando.
Observé la escena por la pequeña abertura de mis párpados -esa técnica que el colega lama me había enseñado para ver sin participar-.
Y, como todo lo sé, reconocí al instante un ejemplo de manual del soft power de mi querido Joseph Nye, el tío Joe, a quien tuve el gusto de escuchar en una de sus charlas en mi anterior reencarnación (una historia que escribiré en otro capítulo, cuando los humanos estén emocionalmente preparados).
El Danny, con su carita de “yo no fui”, aplicaba la estrategia de la zanahoria.
Y la humana, con la debilidad propia de los no iluminados, cayó sin resistencia en las garras de la manipulación.
De nada hubiera servido que yo, el Maestro, interviniera a favor de una cena vegetariana.
Esa batalla ya estaba perdida.
Mi tradicional garrote de la palabra estaba guardado para ocasiones más importantes.
Tal como el tío Joe había observado sagazmente, la cultura estaba en juego: la humana, que proviene de un lugar donde todo se festeja con grasa y alcohol, estaba cansada de seguir el libreto culinario de su país; el Danny, criado con base a las comidas prolijas del norte global, quería argentinizarse sin perder la compostura: el conflicto estaba servido.
Y yo sonreía para mis adentros, porque sabía, como siempre, cómo iba a terminar.
Continué con mi respiración diafragmática, sentado en mi cojín naranja de cáscaras de arroz, realizando mudras, mientras los dos estúpidos fingían dialogar.
Con una oreja escuchaba al venerable en YouTube; con la otra, el desastre.
La humana explicaba, con aire solemne, que era budista y que sería hermoso comer vegetariano.
Yo asentí desde mi interior: nada más práctico para un maestro zen que un menú liviano.
Pero el Danny quería, como dice el dicho que jamás olvidaré, “tirar la casa por la ventana”: barbacoa, jamón glaseado, ponche, alcohol…
Porque en su cabeza todavía habita la lógica sentimental de 1950: ese delirio de que el amor se mide en calorías.
Y entonces ocurrió el golpe maestro, la sutileza estratégica que ni Macron hubiera podido anticipar:
El Danny le tomó las manos.
En ese instante lo supe: la Nochebuena sería un festival de grasas, mi voto vegano moriría sin ritual fúnebre, y el Danny había intuido, sin leerlo, la teoría del tío Joe.
Cuando terminó mi meditación y los dos estúpidos ya estaban jugueteando, comprendí algo que debería enseñarse en todo instituto espiritual:
No existe posibilidad de resistencia ante una cara de boludo bien puesta.
Y cerré los ojos, resignado, con la sabiduría tranquila del que ha visto demasiado.
Palabra de Miauchel FoucaulTito, el evangelista, en el año 41 d.F. (después de Foucault).
← Volver al Índice