
Charles Taylor filósofo del yo
Hace días que observo el sitio. Mi sitio. Ese que me llevó dos meses reconstruir. Ingreso a la página de la tercera etapa y miro los dos mapas: el conceptual y el de Bexhill. Hace días que pienso en el mapa de Bexhill. Por qué, cuál es la razón por la que está ahí. Qué me llevó a pensar que debía mostrar las rutas que unen los lugares que se reflejan en cada una de las páginas, como si fueran circuitos turísticos. No, no buscan ser la oficina turística de Bexhill. Es algo mucho más sencillo: el mapa de Bexhill muestra los itinerarios de mi pensamiento. Y, como dije en la Segunda Etapa: “todos los caminos conducen a Bexhill.” Pensé en mostrarle ese mapa a Josefina para que me ayude a desentramar la razón escondida de su presencia en el centro de la página. Además que me sirve como reloj interno, ya que se oscurece cuando cae la noche en Bexhill, había algo más. Un mensaje que Yani del pasado dejó ahí, casi como una botella perdida en el mar, para que yo lo pueda pensar con lentitud. Como lo más relevante de la vida. El punto es que, por más que me esforzaba, no lograba dar con ese mensaje. Sabía que estaba ahí. Sabía que me estaba esperando, como todo en Bexhill. Hasta que, quizás por cansancio o por resignación, refloté mi proyecto de paper sobre Inteligencia Artificial y abandoné mis reflexiones.
Una de las decisiones más importantes que tomé al crear el sitio fue que cada página debería reflejar un lugar real de Bexhill-on-Sea. Así, por ejemplo, en “Camino al Exilio” predomina la estación de tren. En “Filosofía Motorizada” está “Serpolet Sculpture”, el homenaje a la primera carrera de autos en Bexhill-on- Sea. Entonces, en un momento, me pareció natural unir cada uno de los puntos en itinerarios. Como si mi pensamiento caminara por las calles de la ciudad antes mismo que mi cuerpo pudiera pisarla. Y ahí nació la idea del mapa de Bexhill. Yo no sabía por qué estaba creando ese mapa, más que por ser una buena puerta de entrada a mis escritos. Pero el hecho de que mi mente no lo supiera, no impidió que mi deseo fuera el vector que me hiciera crearlo. Y mi cuerpo se adueñó del proyecto y lo creó. Fueron algunas noches en las que, entre pruebas y frustraciones, el mapa fue cobrando vida. Y cuando eso pasa, no es una casualidad. Es vida emergiendo. Con un sentido que, a primera vista, se me negaba.
Yani del pasado tomó la decisión de colocar el mapa en el centro de la página de la tercera etapa y la mantuvo, a pesar de que las cuestiones técnicas son tan tediosas y tan complejas. Entonces, esa decisión tomada en un momento preciso no era una decisión solamente estética ni solamente técnica: era una decisión con algún tipo de fundamento que yo no alcanzaba a visualizar. El pasado yo hablaba a mi futuro yo, como . Era mi deseo que se había manifestado de una forma tan prístina, frente a cuya manifestación la razón fue impotente. En realidad, hoy pienso: quizás no era Yani que hablaba a Yani. Quizás era la obra la que había tomado tanta importancia que, por un segundo, atravesó a Yani y dictaminó cuál sería el camino a seguir. Y por eso mis movimientos mentales eran inútiles para detectar la razón de la centralidad del mapa. Era la obra la que había elegido su existencia. Yo sólo me dejaba atravesar.
Y cuando la mente deja de correr, el cuerpo la alcanza. El deseo se manifiesta. Y las respuestas llegan. Estaba investigando acerca de la configuración de la subjetividad en la Modernidad y decidí leer “Fuentes del Yo” de Charles Taylor:
“(…) las vidas tienen o carecen de significado cuando tienen o dejan de tener sentido; pero significado también se aplica al lenguaje o a otras formas de expresión. Cada vez más, los modernos alcanzamos el significado en el primer sentido, cuando lo alcanzamos, a través de crearlo en el segundo.”
Enseguida comprendí que ese era el mensaje que Yani del pasado había dejado para Yani del futuro, en un entramado de lecturas, artefactos e investigaciones varias. Taylor expone que el sentido no se revela en el instante de realización de la acción, sino en la posteridad que permite su comprensión: el mapa de Bexhill en el centro. Mi versión potente que habita Bexhill como un faro irradiando luz que guía a todas direcciones. El mapa de Bexhill se erigía como una orientación vital, disfrazada de artefacto construido por mediación tecnológica.
Relación entre significado del lenguaje y sentido de vida, según Taylor
Y esa versión es la que me susurra desde el mapa: “acá está tu centro, aunque todavía no lo puedas habitar.”
Bexhill-on-Sea es una ciudad, sí. Pero también es orientación. También es una manera de habitar el mundo. Y, en definitiva, el sentido de mi vida. Lo he ido construyendo con palabras, con lecturas, con interpretaciones de esta que estoy siendo. Bexhill está en el centro del sitio como en el centro de mi futuro. Es la obra desplegada, la voz firme y con presencia. La calma que arropa y desarrolla. Bexhill es y será la razón que conecta todos los puntos de mi vida. Por eso, “todos los caminos conducen a Bexhill.” En este vivir caminando, no existen los desvíos. Sólo la incubación, en tiempo variable, de la versión que se está preparando para habitar ese mundo. Ese mundo que se anuncia en el sitio. Que recorre las calles de Bexhill con el pensamiento hasta que nos volvamos a encontrar. Porque sí: si bien Bexhill me llama desde el futuro, es un recuerdo de lo que vine a ser. Y esa Yani, mientras va dejando señales y tejiendo entramados, sonríe mirando el mar con el que tanto soñó desde el principio de sus tiempos.
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