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Capítulo 3: El juego de la tentación del Maestro Miauchel

Les loisirs sont la seule façon d’échapper à la société de performance
Apuntes de escritura en francés del Maestro Miauchel FoucaulTito. Nivel A1. Año 28 d.F.
Una tarde, luego de volver del brunch del que fui invitado de honor por Linda, una amiga a la que conocí en el De la Warr Pavilion mientras me escondía de Danny, sentí la completa libertad de tener la casa para mí solo. La estúpida bienintencionada se había ido a Hastings a presentar un libro, Rafael estaba haciendo kickboxing en el gimnasio y Danny... ese australiano me tenía furioso porque se había ido a Estados Unidos a realizar una exhibición con mi ídolo Max Verstappen y no me llevó. Claro que yo ignoraba su destino debido a que, como maestro zen, no tengo redes sociales. Pero Linda me mostró su Instagram y ahí estaba el traidor... con su sonrisa de oreja a oreja, abrazado con Max Emilian. ¡Y a mí no me dijo dónde iba! Cuando Linda me mostró la imagen tratando de disimular la alegría como inglesa very polite, yo utilicé mis mejores armas: las de fingir con una sonrisa que todo lo sabía. Esas armas que sólo las puede dar mi condición de filósofo que viajó por el mundo dando conferencias con varios colegas, entre ellos Yuk Hui y Byung-Chul Han. Pero no debo desviarme con esos hermosos recuerdos de la traición de Danny. ¿Quién se cree que es para no llevarme a ver a Max Emilian, con quien tenemos una estrecha relación de cercanía y nos saludamos por los cumpleaños y en cada victoria en la Fórmula 1? Cuando regresase, haría tronar el escarmiento en casa. Cómo me va a ignorar a mí, reencarnación de Foucault, zen, fit, culto y agraciado. Luego de conducir mi respiración por un instante para retomar la calma, decidí dedicarme al ocio. Sí, así como lo escuchan, queridos y detestables: ustedes, que no conocen ni siquiera la palabra “ocio” por estar todo el día detrás de la zanahoria del dinero recibiendo garrotazos del trabajo, deberían escucharme cuando digo que el ocio es la llave de la cárcel de la sociedad del rendimiento que describe magistralmente mi colega Han. Es necesario que dejen de perseguir una zanahoria que nunca es suficiente para ustedes y valoren el tiempo en que se pueden tirar panza arriba sin necesidad de pensar si llegarán a fin de mes o deberán trabajar más el mes que viene. Créanme, detestables: la única manera de valorar el tiempo presente es, sorprendentemente, darse tiempo. Grande fue mi estupor al no poder determinar a qué dedicaría mi tarde de ocio. ¿Ajedrez? No estaba Rafael para que pase vergüenza. ¿Crucigramas? Un chiste para mí. ¿Sudoku? Aburrido. Con mis conocimientos de matemática de mi antigua reencarnación griega, más que ocio sería una pérdida de tiempo. Luego de conducir mis cavilaciones por distintas actividades, recordé unos libros que la estúpida bienintencionada había dejado encima del escritorio. Si una ventaja tiene esta casa es que hay libros por todas partes: libros de filosofía, libros de economía, libros de la fauna australiana, libros de inglés, francés, alemán, libros de coachi... no, esos evidentemente no son libros. Y con la calma que me dio mi bien conducida meditación, fui a consultar esos libros, y ahí estaba el pasatiempo que necesitaba esa tarde: teoría de juegos. ¡Sí! La teoría de juegos que la estúpida me enseñó cuando estudiaba Relaciones Internacionales sería una hermosa actividad para mi tarde en libre soledad. Así que me eché cuidadosamente en el mantelpiece con los libros de la humana y el iPad y comencé a imaginar escenarios, wargames y relaciones humanas estructurales para modelizarlas y estudiar la influencia de unos actores sobre otros. Aún hoy recuerdo esa maravillosa tarde en la que pude ejercitar mis habilidades de pensamiento junto con mi humor felino por los escenarios planteados. Fue tal el estado de flujo en el que me encontraba que no caí en la cuenta de que, a las 20, se abrió la puerta. Y ahí estaban los dos: la estúpida bienintencionada con una alegría sospechosa y, detrás de ella, el traidor, el australiano que se había reunido con Max Emilian a mis espaldas. Cuando la estúpida bienintencionada me levantó por los aires, sentí que tendría que dejar la teoría de juegos y dedicarme a ser lo que ella cree que yo soy: un gato fofo y haragán. No es algo que me disguste, claro está. Pero cuando el traidor se acercó... le di un bufido y le mostré mis garras porque, en mi doctrina, la traición se paga caro. El australiano, como siempre, no entendía nada. Parece que nunca entiende nada, en realidad. La estúpida se extrañó y me dijo: “¿Qué te pasa, Tito?”. ¿Qué me pasa? ¿Qué no me pasa, en realidad? ¿Cómo podría convivir con un traidor de esa calaña en mi propia casa? ¿Cómo podría mirarlo a los ojos y recordar la foto que Linda me mostró del australiano abrazado a mi ídolo? Imposible para mí, incluso siendo maestro zen. Porque, como siempre digo: soy maestro zen, pero no boludo. A pesar de la advertencia de mi garra desplegada, Danny se acercó a besarme. Y lo olí: una mezcla de aeropuerto, traición y jabón de hotel. Yo, desde el hombro de mi humana, tenía en mi cabeza todo el instrumental teórico que había estado absorbiendo panza arriba en el mantelpiece. “Hey, mate. What are you doing?”, dijo con ese tonito cuando se quiere hacer el bueno. Yo seguía indignado, bufando, y la humana sin saber cómo calmarme. De repente, Danny colocó arriba de la mesa una bolsa azul de Red Bull. Dejé de bufar por un minuto y, justo en ese instante, mi corazón, traicionero, dio un salto. Era el mismísimo puto casco de mi amigo Max Emilian, autografiado “para Tito”. Cuando vi ese regalo, y vi cómo le brillaban los ojos a Danny, respiré profundo. Inútilmente, claro está, porque mi condición de maestro no funciona en determinados casos, como por ejemplo este que estaba a punto de presenciar. Sin embargo, nada obsta a que no pueda aplicar mi razonamiento de filósofo herido. Lo primero que hice fue una evaluación racional del regalo (R1): rechazar el regalo, mantener la dignidad foucaultiana, ejercer el escarmiento zen, demostrar que no soy un sujeto dócil del afecto. Ventajas: superioridad moral, reconstrucción de jerarquías, venganza intelectual dulce. Desventajas: no tener el objeto de Max; posible reducción de caricias nocturnas; y que Danny interpretaría mi rechazo como un berrinche común, no como la posición ontológica que es. Luego pasé a la evaluación sentimental (A1): aceptar, tocar el objeto sagrado, imaginar que Max lo sostuvo, dejar que mi amor por Danny gane, como siempre. Ventajas: felicidad inmediata; reafirmación del vínculo; la fantasía de compartir ADN con Max a través del merchandising. Desventajas: ceder la partida moralmente; quedar como un boludo adorable; que Danny sienta que puede escapar impune en futuros escándalos aeronáuticos. Ahí estaba en un dilema. Como si fuera poco ser perfecto, debía optar: dos caminos, dos universos, dos funciones de utilidad enfrentadas como gladiadores conceptuales. Respiré, pensé, evalué matrices, me remonté a mis estudios con Han, a mis debates con Yuk Hui, a mi curso intensivo de teoría de juegos que la humana me enseñó con voz de viernes fatigado. Clavé mis ojos en Danny con la solemnidad de quien revela un misterio metafísico… y ahí lo supe:
todos mis estudios, mi fortaleza espiritual, toda mi estructura racional se derrumbó como un castillo de arena humedecido por la marea de Bexhill.
Sentí cómo mi dignidad se derritía y caía al piso como un helado de vainilla que Rafael hubiera dejado olvidado en verano. Lo agarré de inmediato. Tito -dijo Danny. Are you angry? Yes -respondí, acurrucándome en el casco perfumado con olor a gloria de mi amigo Max. Your punishment will come later. Y así, queridos y detestables, aprendí ese día que no hay teoría de juegos que resista el sentimentalismo del Maestro Miauchel cuando se trata de Danny o de Max Emilian. La racionalidad es una hermosa ficción, pero mi corazón felino y educado en la ternura siempre gana. Palabra de Miauchel FoucaulTito, el evangelista, en el año 42 d.F. (después de Foucault) ← Volver al Índice