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Infografía de Polifacética comparando audiencias cautivas en aulas rígidas frente a audiencias cautivadas en mesas de co-creación

De audiencias cautivas a audiencias cautivadas en la Sociedad de la Inteligencia

Audiencias cautivas vs. audiencias cautivadas

Lunes, 06:30 a.m. Los ómnibus se llenan de estudiantes que van a la universidad. Y de oficinistas que van a su trabajo. Muchos no lo saben, pero ese ritual cotidiano funciona también como entrenamiento: la universidad no sólo enseña contenidos, sino que también entrena cuerpos para la disciplina profesional.

Audiencias cautivas: un dispositivo que aún persiste

Un fenómeno que se repite, en el ámbito académico e incluso en el ámbito empresarial, es la obligatoriedad de la presencia en contextos en donde muchas veces no hay necesidad: clases innecesarias, reuniones inútiles, horarios de oficina que podrían cumplirse en otro lugar, congresos que nadie escucha. En estos casos se produce lo que he denominado el fenómeno de la audiencia cautiva. Daniel Arias Aranda lo describe en su artículo Querido alumno universitario de grado: te estamos engañando, en el que afirma que conoce mejor la marca de los dispositivos detrás de los cuales los estudiantes esconden su rostro que sus propios rasgos y que, a pesar de animarlos a preguntar, hacerlo no es una práctica cotidiana.

Este tipo de audiencias fue adecuado para otro momento de la historia. En el régimen disciplinario descrito por Foucault, la docilidad se logra mediante la presencia y la quietud de los cuerpos. La obligatoriedad de la asistencia a las aulas es uno de sus ejemplos más visibles. Quizás se podría ir más lejos, por cuanto algunas personas, para demostrar poder, necesitan escucharse a sí mismas ante una audiencia, sin importar si a la audiencia le interesa la exposición. Este es un componente fundamental en la sociedad del rendimiento teorizada por Byung-Chul Han, en la que no se escucha al otro, sino el impacto del poder de la propia voz en sus jornadas. Y los empleados muchas veces aceptan este rol, debido a que es una manera de demostrarse a sí mismos su rendimiento, es decir, que pueden dar una milla más cuando se lo requiere, en un contexto donde la transparencia es la regla y la métrica la soberana.

La pregunta que habilita la transición

Ahora bien, ¿qué pasaría si las instituciones o las personas no pudieran asegurar la presencia por obligación, sino que tuvieran que conquistar la atención? Es probable que, en este caso, el sentido sea el centro de atención. La pregunta acerca de por qué alguien querría escucharme sería una pregunta habilitadora de nuevas respuestas que obligaría a dejar de hablar desde arriba… y construir. Y, a veces, esto es más fácil decirlo que hacerlo.

La audiencia cautivada es aquella que, teniendo libertad para irse, no lo hace. Porque su presencia implica más que formar parte de una estadística: implica formarse, involucrarse o construir una identidad. Ya no importa tanto la autoridad para mantener la atención, sino el contenido. Es el desplazamiento de la potencia desde la autoridad al conocimiento. Una audiencia cautivada se siente parte de algo que provoca curiosidad intelectual. Que reúne a partir de una autoridad epistémica no formal. Y que aporta, con su claridad conceptual, al desarrollo de las personas.

Sin duda alguna, el mundo digital obliga a los líderes a esforzarse por construir audiencias cautivadas. Porque detrás de las cámaras apagadas pueden haber ausencias que, escondidas detrás del dispositivo, no se animan a enfrentar el problema de que en realidad no hay potencia.

Hacia la construcción de audiencias cautivadas

El primer paso para construir una audiencia cautivada es darse cuenta que el organigrama muchas veces no coincide con la realidad, y que la autoridad no siempre es sinónimo de tener algo valioso para decir. Es mantener la humildad de poner a prueba las ideas, teniendo en cuenta que no hay garantías de que las personas estén motivadas a escucharlas.

Partiendo de este supuesto, es fácil comprender por qué el pensamiento es esencial. Porque se trata de construir una identidad y de comprometerse, no de escuchar palabras que vuelan tan rápido como la llegada de la hora de partida.

Para crear una audiencia cautivada, es necesario pensar en el aporte. ¿Qué se llevará la persona que me escuchó que no tenía antes? ¿Y cómo hacer para que lo que dije marque la diferencia en su vida o en su profesión? ¿Por qué una persona preferiría escucharme en vez de contestar mails o quedarse a dormir un rato más? ¿Cómo hago la diferencia en este tiempo compartido?

Lo más importante de estas preguntas es la respuesta sincera. No sirven las herramientas si honestamente no tengo nada que decir. O si mi único objetivo es repetir lo que otros ya dijeron. ¿Qué hace más interesante lo que yo digo que un tutorial de YouTube? Esta pregunta es incómoda pero es la que habilita el cambio.

En la Sociedad de la Inteligencia, la potencia del pensamiento y la capacidad para generar compromisos es clave. Entonces, la próxima vez que hables frente a una audiencia, preguntate: ¿se quedarían si pudieran irse?

 

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